Citas

¡Espérame en Siberia, vida mía!

—¿Y cuánto tiempo os amasteis?
—Ciento veintidós espasmos.
—¿Divididos entre…?
—Cuatro meses justos.
El anciano aristócrata sacó su estilográfica e hizo números en un márgen de «la carta». Al acabar, declaró:
—A espasmo diario.
—No, marqués. Jamás he amado con metrónomo. Además hay días en que las mujeres tenemos que prescindir de amar.
—Bueno, pero esos días son la excepción…
—…de la regla —concluyó la vedette.

—Enrique Jardiel Poncela, ¡Espérame en Siberia, vida mía! 1929.

Bertrand Russell, The Proposed Roads to Freedom (1918)

Majority rule, as it exists in large States, is subject to the fatal defect that, in a very great number of questions, only a fraction of the nation have any direct interest or knowledge, yet the others have an equal voice in their settlement. When people have no direct interest in a question they are very apt to be influenced by irrelevant considerations; this is shown in the extraordinary reluctance to grant autonomy to subordinate nations or groups. For this reason, it is very dangerous to allow the nation as a whole to decide on matters which concern only a small section, whether that section be geographical or industrial or defined in any other way.

—Bertrand Russell, The Proposed Roads to Freedom (1918).

Hitch-22, Christopher Hitchens, sobre el final de la década de los sesenta

La gente empezó a entonar estas palabras: «Lo personal es lo político». En el instante en que oí por primera vez esa expresión letal, me di cuenta, como ocurre cada vez que uno oye una chorrada siniestra, de que era —y creo que quizá el tópico sea excusable— una mala noticia. A partir de ese momento, ser miembro de un sexo o un género o subdivisión epidérmica, o incluso «preferencia» sexual, serviría para capacitarte como revolucionario. Para comenzar un discurso o hacer una pregunta desde el público, sólo sería necesario empezar así: «Hablando como…». Después podía seguir cualquier descripción narcisista. Diré algo sobre la vieja izquierda «radical»: nos ganamos nuestro derecho a hablar e intervenir por medio de la experiencia, el sacrificio y el trabajo. Nunca nos habría bastado levantarnos y decir que nuestro sexo, sexualidad, pigmentación o discapacidad eran en sí cualificaciones. Hay muchas formas de fechar el momento en que la izquierda perdió o —preferiría decirlo— descartó su ventaja moral, pero esa fue la primera vez que vi que la traición requería un precio tan bajo.

—Hitch-22, Christopher Hitchens, sobre el final de la década de los sesenta.

Mark Twain y la Biblia

Espero que a Mr. Twain no le moleste que publique este fragmento. Si le molesta, que me lo haga saber y lo retiraré:

Os contaré un cuento agradable que tiene un toque de Patetismo. Un hombre se convirtió [al cristianismo] y le preguntó al sacerdote qué debía hacer para ser digno del nuevo estado. El sacerdote dijo: «Imita a nuestro Padre celestial, aprende a ser como Él». El hombre estudió la Biblia diligentemente, a fondo y comprendiendo, y luego de solicitar con oraciones la guía divina, estableció sus imitaciones. Engañó a su mujer para que se cayera por las escaleras, y se rompió la columna, quedando paralítica para toda su vida. Puso a su hermano en manos de un estafador que le robó todo, y lo dejó en un asilo. Inoculó a un hijo el anquilostoma, a otro la enfermedad del sueño, y a otro la gonorrea. Proporcionó la escarlatina a una hija a la que introdujo en la adolescencia sorda, muda y ciega de por vida, y, tras ayudar a un granuja a seducir a la que le quedaba, le cerró las puertas y murió en un prostíbulo maldiciéndole. Luego informó al sacerdote quien le dijo que ésa no era manera de imitar a su Padre celestial. El converso preguntó que dónde había fallado, pero el sacerdote cambió de tema y le preguntó por el tiempo que hacía en su pueblo.

De Cartas desde la Tierra. Publicado también en Escritos irreverentes y La Biblia según Mark Twain.

Un fragmento de «Bambi contra Godzilla», de David Mamet

EL ROBO

1918935_1147461807702_7187839_n[1]Quienes participan en la producción dan siempre por supuesto que el guionista les roba dinero.

Al otro lado de la mesa, donde está el guionista, todo el mundo da siempre por supuesto que el productor de rodaje (el auditor o controller) roba, y todo el mundo sabe que el productor roba, y los robos del distribuidor son una certeza de la que ni siquiera es necesario discutir.

Pero en el mundo de las artes escénicas, se da por supuesto que sólo el escritor, creo, es un delincuente.

Uno no acusaría a un actor o director de no haber puesto todo su empeño: ante su obvio interés personal por un producto vendible que lleva su nombre, las acusaciones de que no se ha esforzado al máximo serían absurdas; sin embargo, casi todo lo que he escrito por encargo, y casi todo lo escrito por mis colegas, ha acabado con estas acusaciones de los productores o los estudios: no has hecho lo suficiente, no has hecho lo que se te ha pedido, no le has dedicado suficiente tiempo, etcétera.

Esto se une a la predisposición del patrono a no aceptar nada como trabajo acabado. El guionista se compromete por contrato a llevar a cabo una serie de revisiones. Éstas se llaman, según el caso, «borradores», «series» (de revisiones) y «pulidos», y se conocen en su conjunto como «pasos». Sea cual sea el número de pasos que el guionista se ha comprometido a dar —es decir, sea cual sea el número de veces que el guionista, por contrato, ha acordado que aceptará revisiones e introducirá las correcciones—, al otro lado de la mesa alguien pedirá o exigirá más trabajo. Esta exigencia se manifiesta de dos formas básicas: la petición «Ya sé lo que los dos acordamos, pero te importaría, como favor… », y su corolario: «Ya sé lo que los dos acordamos, pero si te niegas, no sólo pondrás en peligro el proyecto, si no también tu reputación; ¿por qué vas a pegarte un tiro en el pie? ¿Es que no juegas en equipo?».

La forma más amenazadora es una acusación clara o insinuada de fraude: «No has hecho lo que se te ha pedido, te has escaqueado, pretendes engañarme… ».

Ay, pobre guionista. Porque no creo que el guionista esté menos dispuesto a hacer un esfuerzo coordinado que el actor, el director o el escenógrafo. Ahora bien, en el caso del guionista, la cosa siempre acaba con recriminaciones.

Sé que hay propietarios de casas que siempre acaban poniendo demandas a sus constructores o decoradores, y que hay decoradores, etcétera, que en cada contrato acaban en los tribunales. Lo mismo ocurre con el guionista.

Su deseo de sacar adelante el proyecto, de ser simpático, de hacerlo bien, de causar una buena impresión, de proteger su reputación en la comunidad mercantil, va acompañado de la desagradable certeza de que, con toda probabilidad, al final alguien se pondrá hostil.

Además del habitual deseo humano de paz, el guionista detesta la confusión creada en su guión por el continuo trabajo extracontractual y, de hecho, extrarracional.

Porque cualquier proyecto, ya sea el guión de una superproducción o el peinado de tu mujer, puede echarse a perder por culpa de los consejos que se dan con excesiva libertad, y no hay consejos que se den con mayor libertad que los que se supone que corrigen los errores tontos del guionista.

El problema se agrava aún más porque es interminable (para el guionista). En cuanto éste cede a los mangoneos o las amenazas, puede dar por seguro que continuarán, porque, al aceptar las correcciones groseras (por ser extracontractuales), da pie a que hagan más. (Al aceptar que acepta hacer más de lo que aceptó por contrato, confirma el prejuicio original del productor, el director de los estudios, etcétera: que el guionista, de hecho, es un inepto, y toda su obra es aproximada, y su valor, en el mejor de los casos, discutible.)

Si uno tratara a un arquitecto igual («¿Le importaría cambiar la escalera de sitio? Gracias. Y ahora, ¿le importaría cambiar la claraboya de sitio?»), no tardaría en considerar su aquiescencia una prueba perturbadora de su falta de inteligencia estructural.

Del mismo modo, el mangoneador, mediante un proceso de engatusamiento, confirma un prejuicio incipiente: que el guionista no tiene la menor idea de lo que hace y más vale que el talento literario previamente ignorado del patrono salga a la luz y ponga las cosas en su sitio.

En el guión, un cambio sucede a otro hasta que, inevitablemente, el productor llega a la ineludible conclusión de que el guionista, y su ahora indescifrable montón de mierda, debe tirarse a la basura y hay que barrer con una nueva escoba. La preocupación —«¿Cómo puedo estar seguro de que no vas a robarme?»— se revela profética cuando el productor, nervioso, se encuentra con el lodazal que han creado él y sus colegas con sus anotaciones.

No es raro que todos los guionistas quieran dirigir: aun así, hay que aguantar un sinfín de estupideces, pero, aun llevando dos sombreros (el de guionista y el de director), hay uno bajo el que no te acusan de ladrón y luego te violan.

Bambi contra Godzilla, David Mamet. Alba Editorial, 2008.