Congreso de Solvay, 1927

Esa tarde tuvieron libre y aprovecharon para dar un paseo por el centro de la ciudad.

La señora Curie iba del bracito con el señor Lorentz, que iba tropezando con cada adoquín.

— Me cago en esta puta ciudad.

Detrás iban los demás, en grupitos, haciendo el idiota cada vez que Langmuir plantaba el aparatoso trípode de su flamante cámara de cine. Bohr, pese a la solemnidad de sus compatriotas cineastas, se sumó a Planck y a Heisenberg, que se dedicaban a hacer el payaso.

— Háganos algo expresionista, señor Schrödinger — dijo el señor de Broglie.

Langmuir se adelantó para conseguir buenos planos de Lorentz, que se había vuelto a dar un morrazo y había perdido el bastón.

— Me cago en esta puta ciudad.

A la señora Curie, admiradora de Buster Keaton, le entró la risa floja y le costó lo suyo levantar al anciano Lorentz.

Entraron en un restaurante (Palace des Meules aux Bruxelles, creo recordar) y pidieron mejillones con patatas fritas.

El señor Piccard empezó a ponerse de color verde después del primer mejillón, y al tercero, se puso malísimo y se excusó diciendo que necesitaba tomar el aire, así que salió a la calle, se desabrochó la pechera y se tiró al suelo.

La señora Curie empezó con la risa floja otra vez:

— Tengo una anécdota. En el congreso de 1911 también fuimos a cenar mejillones con patatas fritas, por supuesto, y el bruto de Poincaré, cuando ya nos íbamos y le pregunté qué tal los mejillones me contestó que bien, pero que la cáscara un poco dura.

Hubo risas y a alguien se le escapó un pedo, aunque seguramente nadie lo oyó. Bohr y Einstein desde luego que no, porque volvían a discutir vehementemente mientras engullían mejillones.

Despertaron a Lorentz, que se había quedado traspuesto y decidieron irse porque llegaban tarde a la fiesta de disfraces en el palacio de Léopold Park.

— Piccard, por el amor de Dios, ¿qué hace tirado en la acera?

— Gmblmememegl — se excusó éste y tuvieron que llevarlo hasta el palacio cogido por los sobacos.

***

Ya eran más de las doce y al día siguiente tocaba madrugar.

— Señores, aquí concluye la fiesta de disfraces: cerramos el chiringuito — anunció el maitre.

Así que fueron saliendo ordenadamente, chocando con los muebles, en un estado de ebriedad lamentable, con los disfraces hechos harapos.

— Bohr. ¿Dónde está Bohr? — preguntó el que iba disfrazado de gorila.

— ¿De qué iba vestido? — preguntó alguien más, que iba disfrazado de Pimpinela Escarlata.

— Ni idea. ¿Y tú quién eres? — le preguntó el gorila a la Pimpinela.

— Creo que iba de modelo atómico de Rutheford — dijo Robin Hood.

— Me apuesto el Nobel a que el gorila es Piccard— dijo el monje, beodo perdido — . He perdido una sandalia.

— Piccard es el que está en el rincón disfrazado de Nosferatu — aseguró Ramsés II — . Sólo se ha pintado la cara de verde. Ni siquiera se ha cambiado el traje.

— No es un disfraz… Estoy muy malito… Mejillones — balbuceó el falso Nosferatu.

— Voy a buscar a Bohr. Un tipo vestido de átomo no puede haber ido muy lejos — dijo Robin Hood.

— Si es un átomo inestable puede haberse desintegrado — dijo la valquiria entre risitas.

— Voy contigo, Robin Hood — dijo el monje sin sandalia.

Y mientras salían del palacio, intentando mantenerse en pie, oyeron un estruendo. El rey Arturo acababa de tropezar con la armadura del siglo XIII de la entrada.

— Me cago en esta puta ciudad.