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¿Por qué se dice que la justicia es ciega?

La representación de la Justicia como una señora con una balanza en las manos y una venda en los ojos viene de la Grecia antigua.

Presunto de Tracia, en el siglo V a. C. cuenta que “la diosa Justina [Justicia] es ciega porque no debe saber si el reo que se postra ante ella es un rey o un patán y debe tratarlos a ambos con igual equidad”.

Durante el gobierno de Titón en Atenas (413–401 a. C.), se designó a Fitoplancton como juez supremo. Éste, en un alarde de compromiso, se arrancó los ojos para poder ser lo más ecuánime posible. Sin embargo, durante el célebre juicio de Rufo vs. Mármoles and Co., Fitoplancton descubrió que uno de los testigos era Agamenón el Pelao. Según Maimónides “distinguió su particular voz de canario flauta capado”. Así pues, el juez, procedió a arrancarse las orejas y, por si acaso, también la nariz.

Fue entonces que, en palabras de Maimónides, “la Justicia, al fin, se convirtió en un puto cachondeo”.

Cómo superar la depresión y triunfar en los negocios (Muestra gratuita) (Spanish Edition)

SONRÍE…

¿Lo ves? No es tan difícil.

Durante veinte años estuve luchando contra la depresión y te voy a contar un secreto: lo estaba haciendo mal. Y tú, seguramente, también.

Durante veinte años luché contra un enemigo imaginario que no estaba más que en mi cabeza.

“Estoy deprimido, estoy deprimido”, me repetía a gritos en el interior de la imaginación de mi mente.

La mente es un lugar muy poderoso…

Sin embargo, un día me levanté y me dije interiormente: “SONRÍE”…

Y súbitamente cambié el chip, mi perspectiva giró 365 grados, igual que TÚ estás a punto de hacerlo.

Porque, como a mí me gusta decir, la depresión no es un problema… la depresión es una OPORTUNIDAD…

Vivimos en un Mundo donde parece que ser feliz es un delito, ¿te has fijado tú también?

Todos van con prisas, con cara de enfadados, tristes, preocupados, ansiosos, extresados, etc etc…

Seguro que tú también te has encontrado a ese/a compañero/a de trabajo que va por ahí diciendo que el médico le ha dado la baja por depresión… ¿A que sí?

Y yo te pregunto (y quiero que me contestes desde lo profundo de tu CORAZÓN dejando de lado la cerebral mente cuadriculada)… ¿quieres que los demás te vean a ti también así? ¿En serio? ¿Quieres ir tú también esparciendo por el aire tus malas vibraciones y haciendo del mundo un lugar peor para nuestros sueños?

No me respondas todavía. Guárdate tu respuesta y tus “peros” en el corazón un instante.

Sé lo que me vas a contestar, porque, repito, yo también he estado AHÍ, en el agujero irracional oscuro del propio autocompadecimiento y del autodestructivismo.

Si crees (como yo también creí durante veinte años) que hablar de tu tristeza te iba a ayudar permíteme que te ayude yo.

Hablar de tu depresión va a hacer que la gente que amas, tus compañeros/a de trabajo, tus amigos/a, tus parejas, se harten de ti, porque, al final la gente huye de los EGOÍSTAS que solo hablan de negatividad y de su tristeza.

DESPIERTA…

SONRÍE…

Sé que cuesta, pero trágate el orgullo y en vez de agobiar a tus amigos/a con problemas, hazles SONREÍR regalándoles un helado de fresa, o ese vestido que tanto les gusta o esa GoPro que tanto han ansiado.

Porque haciéndoles SONREÍR vas a hacer un Mundo Mejor.

PIÉNSALO. Estar deprimido/a es una OPORTUNIDAD en el camino correcto para ser FELIZ.

Y como decía el Principito: “Si me dices que nos vamos a ver a las cinco de la tarde, a las cuatro ya empezaré a ser feliz”, porque así es…

La depresión es como cuando tienes hambre… Puedes quejarte y quejarte o puedes ACTUAR y arremangarte y ponerte a cocinar un delicioso plato favorito o un pastel de chocolate. Mmmmmmm…

Y mientras estés cocinando ya no pensarás en el hambre que tienes sino en lo bien que te va a sentar ese plato de langosta con trufas.

Y no solo es que el Principito nos haya dado un consejo y una lección muy importantes, sino que la CIENCIA también lo demuestra.

¿Has oído hablar de la Física Cuántica?

No, espera, no cierres el libro con el ceño fruncido pensando “Otra vez me la han colado y me van a hablar de matemáticas y de mentes cuadriculadas”…

La Física Cuántica es maravillosa, porque explica los enigmas de la mente…

En el colegio solo te cuentan la parte aburrida, ¿a que sí? Brrrrrr.

No quiero aburrirte yo también con las complejas ecuaciones de Einstein o Arquímedes. Para eso ya me he leído cientos de libros por ti.

Te repito que SÉ cómo te sientes porque yo he estado AHÍ, y no debes tener miedo…

Coge mi mano, aspira fuerte y te apuesto a que mis palabras resonarán en tu CORAZÓN.

La CIENCIA dice que TODO lo que sueñes puede hacerse realidad… Por este mágico descubrimiento le dieron a Steven Hawking un Nobel que sin duda merecía porque él mismo personificaba el tesón que puede encerrar una persona en silla de ruedas que a cualquier otra persona le hubiera hecho derrumbarse y darse por vencido y él en cambio recogió el guante del destino e hirió de muerte al infortunio con el arma más poderosa que nos ha dado la Madre Naturaleza: una ETERNA SONRISA.

(Hasta aquí el fragmento gratuito. No dudes en comprar el libro e-lectrónico si quieres que te guíe hasta salir del pozo y triunfar en los negocios e influir en las personas. Disponible en tu tienda Amazon favorita por solo 2.99€uros…

Y no te olvides de SOÑAR y de SONREÍR… ante esta gran OPORTUNIDAD.)

Congreso de Solvay, 1927

Esa tarde tuvieron libre y aprovecharon para dar un paseo por el centro de la ciudad.

La señora Curie iba del bracito con el señor Lorentz, que iba tropezando con cada adoquín.

— Me cago en esta puta ciudad.

Detrás iban los demás, en grupitos, haciendo el idiota cada vez que Langmuir plantaba el aparatoso trípode de su flamante cámara de cine. Bohr, pese a la solemnidad de sus compatriotas cineastas, se sumó a Planck y a Heisenberg, que se dedicaban a hacer el payaso.

— Háganos algo expresionista, señor Schrödinger — dijo el señor de Broglie.

Langmuir se adelantó para conseguir buenos planos de Lorentz, que se había vuelto a dar un morrazo y había perdido el bastón.

— Me cago en esta puta ciudad.

A la señora Curie, admiradora de Buster Keaton, le entró la risa floja y le costó lo suyo levantar al anciano Lorentz.

Entraron en un restaurante (Palace des Meules aux Bruxelles, creo recordar) y pidieron mejillones con patatas fritas.

El señor Piccard empezó a ponerse de color verde después del primer mejillón, y al tercero, se puso malísimo y se excusó diciendo que necesitaba tomar el aire, así que salió a la calle, se desabrochó la pechera y se tiró al suelo.

La señora Curie empezó con la risa floja otra vez:

— Tengo una anécdota. En el congreso de 1911 también fuimos a cenar mejillones con patatas fritas, por supuesto, y el bruto de Poincaré, cuando ya nos íbamos y le pregunté qué tal los mejillones me contestó que bien, pero que la cáscara un poco dura.

Hubo risas y a alguien se le escapó un pedo, aunque seguramente nadie lo oyó. Bohr y Einstein desde luego que no, porque volvían a discutir vehementemente mientras engullían mejillones.

Despertaron a Lorentz, que se había quedado traspuesto y decidieron irse porque llegaban tarde a la fiesta de disfraces en el palacio de Léopold Park.

— Piccard, por el amor de Dios, ¿qué hace tirado en la acera?

— Gmblmememegl — se excusó éste y tuvieron que llevarlo hasta el palacio cogido por los sobacos.

***

Ya eran más de las doce y al día siguiente tocaba madrugar.

— Señores, aquí concluye la fiesta de disfraces: cerramos el chiringuito — anunció el maitre.

Así que fueron saliendo ordenadamente, chocando con los muebles, en un estado de ebriedad lamentable, con los disfraces hechos harapos.

— Bohr. ¿Dónde está Bohr? — preguntó el que iba disfrazado de gorila.

— ¿De qué iba vestido? — preguntó alguien más, que iba disfrazado de Pimpinela Escarlata.

— Ni idea. ¿Y tú quién eres? — le preguntó el gorila a la Pimpinela.

— Creo que iba de modelo atómico de Rutheford — dijo Robin Hood.

— Me apuesto el Nobel a que el gorila es Piccard— dijo el monje, beodo perdido — . He perdido una sandalia.

— Piccard es el que está en el rincón disfrazado de Nosferatu — aseguró Ramsés II — . Sólo se ha pintado la cara de verde. Ni siquiera se ha cambiado el traje.

— No es un disfraz… Estoy muy malito… Mejillones — balbuceó el falso Nosferatu.

— Voy a buscar a Bohr. Un tipo vestido de átomo no puede haber ido muy lejos — dijo Robin Hood.

— Si es un átomo inestable puede haberse desintegrado — dijo la valquiria entre risitas.

— Voy contigo, Robin Hood — dijo el monje sin sandalia.

Y mientras salían del palacio, intentando mantenerse en pie, oyeron un estruendo. El rey Arturo acababa de tropezar con la armadura del siglo XIII de la entrada.

— Me cago en esta puta ciudad.

Crisis

Históricamente, los valores, han sido esas cosas por las que un individuo era capaz de jugarse el cuello (y de rebanárselo a otro): el patriotismo, el honor, la disciplina, la palabra de Dios, la libertad, la democracia…

Después de comprobar en dos guerras mundiales y alguna guerra civil cómo muchos valores no se llevan nada bien con el armamento pesado, los europeos llegamos a un acuerdo tácito: no vamos a jugarnos el cuello por nada. Para mí es una suerte, desde luego.

No sé qué valores tengo. Hablo de valores, no de buenas intenciones. Todos queremos un mundo mejor, estoy seguro. Pero al estar vacunado contra principios que causaron millones de muertos en el siglo XX, no sé en qué creer.

¿Cuáles podrían ser mis valores? Quizá el pacifismo, el ecologismo, la igualdad, la tolerancia… Como son ideas por las que difícilmente estoy dispuesto a dejarme rebanar el pescuezo, las puedo ignorar cuando convenga. Son lo que se llama “valores débiles”.

A falta de otra cosa, me conformo con discutir. Formo parte de la sociedad más preparada de la historia para indignarse y ofenderse por cualquier cosa. Desde la desigualdad en el mundo hasta por un anuncio donde salen enanos. Discutimos sobre si hay que prohibir un cartel que ofende a alguien o si es inmoral que el 12 de octubre sea festivo. Hay opiniones de todo tipo, y, por lo tanto, más motivos para sentirse ofendido.

Con la ayuda de internet vivimos una edad dorada de las discusiones bizantinas, esos apasionados debates de los europeos del siglo XV sobre el sexo de los ángeles. (Es casi poético que hoy se discuta con igual vehemencia sobre la identidad sexual o el género de las personas.)

En el siglo XV, mientras los bizantinos se entretenían con esas discusiones, los otomanos conquistaron Constantinopla. Sería muy extraño que los otomanos volvieran a conquistar Constantinopla, ese no es el asunto. El que no cree en nada lleva las de perder, porque siempre hay quien cree en lo suyo. Llevo las de perder. En ese aspecto me siento muy europeo.

El vacío

En la cocina de casa tenemos colgadas fotos. Algunas son muy extrañas, como una de mi tío junto al presidente chino, o una foto carnet de la que fue mi novia durante veinte años. Aunque hace mucho que dejamos de ser novios ahí seguía. ¿Por qué no la había quitado? Pues muy fácil: porque me dolerá más el vacío que dejará.

No llevo nada bien perder a gente que quiero. Nada bien. Supongo que la mayoría de gente es capaz de superarlo. Yo no.

El 2 de enero de 2009 estaba en Nueva York con mis padres, mi hermana y mi novia (la de la foto). Caminábamos por el Lower Manhattan y nos encontramos, de casualidad, una estación de bomberos, la Ladder 8. Todavía estaba decorada con guirnaldas navideñas.

No recuerdo quién, pero alguien sacó una foto. Gracias a eso descubrí, mucho después, que aquella es la estación de bomberos de los cazafantasmas. Esa foto la he perdido.

Cerca de la puerta había una placa en memoria de un bombero de aquella compañía muerto el 11 de septiembre de 2001. No recuerdo su nombre.

Al cabo de poco llegamos a la zona cero, un gigantesco solar vallado y delimitado por altos plafones de madera. Solo sobresalían pequeñas grúas y el humo negro de alguna excavadora. Estaban trabajando, retirando tierra. Nada hacía recordar lo que había habido allí. Nada. Solo había gente trabajando en un solar, en un vacío.

Me impresionó muchísimo.

En 1997 subí a una de las Torres Gemelas. Estuve en el piso 110 y en la azotea, a unos cuatrocientos metros de altura. Recuerdo cómo se me taparon los oídos al subir en el ascensor. Recuerdo que en último piso había un ingenio mecánico que, con ruedas dentadas y vete tú a saber qué otros mecanismos internos, convertía dos monedas de colores diferentes en una figura de metal.

Hace exactamente 16 años, cuando vi, al igual que medio mundo, cómo se hundía la torre, lo primero que me vino a la mente fue esa máquina, ese artilugio de feria.

Recuerdo ese día como una pesadilla.

Justo al lado del espacio que ocupaba el World Trade Center está la capilla de Saint Paul, la más antigua de Manhattan. Se salvó por muy poco.

El 2 de enero de 2009 hacía mucho frío. Todos quisieron entrar a la capilla, pero yo preferí quedarme fuera. Aquel sitio se había convertido en un memorial del 11-S. No me atreví a enfrentarme a eso. Me senté en un banco de piedra y fumé mientras miraba las lápidas del pequeño cementerio que hay a la entrada. Son lápidas antiquísimas, de la época de la independencia americana. También miré la enorme campana, regalo de las autoridades londinenses en señal de hermandad con la ciudad de Nueva York y que se hace sonar cada 11 de septiembre.

Pero sobre todo miré el solar del World Trade Center, miré el altísimo vacío, miré a los obreros, a los policías, a los peatones y me pregunté cómo habían sido capaces de salir adelante, de seguir con la vida, de acercarse ni siquiera a aquel lugar. Si yo tuve que hacer un esfuerzo gigante para no echarme a llorar y empezar a abrazar a desconocidos, no puedo imaginar ni por un momento cómo les cambió la vida a todas aquellas personas y el duelo que tuvieron que pasar.

Mucho más tarde, cuando vi las fotos que había hecho mi novia dentro de la capilla, no sé qué sentí. Cientos de notas, fotos de recuerdo, cientos de insignias de policías y bomberos de todo el país… Me alegré de no haber entrado. Aquello era El Dolor, condensado e hiperrealista. Y la imagen que más se me ha grabado en la memoria es la de un traje y un equipo de bombero, destrozado, lleno de ceniza y polvo, expuestos en una vitrina. Un bombero cualquiera, como el de la placa de la Ladder 8.

El 11 de septiembre de 2001 murieron 343 bomberos. Lo vimos en directo. No sé si el uniforme de la capilla de Saint Paul pertenecía a un superviviente. Espero que sí.

Aquel lugar al que no quise entrar era un continuo recordatorio de pérdida y de ausencia, de gente que no va a volver. Es tristísimo, pero a la vez es hermoso. Es una prueba de que alguien que existió y ya no existe es recordado por otras personas que le siguen queriendo. Todas esas fotos y esos mensajes son simples hojas de papel que se ponen para cubrir el vacío.

Han pasado 16 años desde el 11-S y todavía me estremece recordarlo, lo prometo. No tengo ganas de volver a Nueva York. El solar desapareció hace tiempo. No puedo volver allí. Tengo mi propio vacío. Solo recordaría que, durante unos días de invierno de 2009 fui feliz con alguien que ya no está en mi vida.

Sí, llevo fatal lo de las pérdidas. Ridículamente mal. Por eso hay tantos lugares que evito: porque falta algo; alguien, en realidad. Mis heridas no cicatrizan como debieran.

Hace unas semanas quité de la cocina la foto de mi exnovia. Fue como arrancarme veinte años de la vida. Y, por supuesto, cada vez que miro el sitio donde estaba, siento el vacío.

“Rogue One”: una crítica sin spoilers

Resumiendo en una palabra: gran decepción.

En cuanto a la película, nada de nuevo: tiros y más tiros y al final todos contentos, excepto los malos, que están enfadados porque son malos.

Uno espera que George Lucas empiece a dar respuesta a muchos de los interrogantes que ha ido planteando durante siete episodios de la saga Star Wars. Sin embargo Rogue One no da ni una sola respuesta. Es más, plantea nuevas preguntas.

Primera y principal: ¿es necesario que el volumen de la banda sonora esté tan alto? Los que no apagamos el móvil en el cine agradeceríamos un poco de respeto para poder hablar con tranquilidad cuando recibimos una llamada, y no tener que estar chillando sobre explosiones y disparos de láser.

Segunda: ¿no sería hora de que Lucas cediera la batuta de sus películas a directores más jóvenes? La edad empieza a causar estragos y Lucas se olvida de poner al principio el número de episodio y esas letras flotando en el espacio. Es un fallo garrafal. Nos quedamos sin saber si Rogue One sucede antes o después de la trilogía original, ambientada en 1933.

Es decir, ninguna respuesta a las miles de preguntas que los fans de toda la galaxia tenemos en la cabeza desde el estreno en 1977 de la primera parte, el Episodio IV (sic).

Me hubiese gustado que George Lucas hubiera respondido alguna de estas 10 preguntas:

1. ¿Por qué ese desorden en el estreno de los capítulos? ¿Desidia? ¿Imposición de Antena 3, como hace con Los Simpson?

2. ¿Qué pasa con Jar Jar Binks? Sin duda el personaje más carismático de la saga merece más presencia en las películas. Lucas demostró que pueden añadirse personajes digitales en cada fotograma de las películas antiguas mejorando notablemente la calidad del film. ¿Por qué no Jar Jar Binks en cada plano? Se podría prescindir de R2-D2, un personaje plano e insubstancial y sustituirlo por el simpático Jar.

3. ¿Por qué no se les ven los genitales a C-3PO o a Chewbacca? La ola de puritanismo que invade Hollywood tiene buena parte de culpa, seguramente, pero el público que va a ver cine como Star Wars es suficientemente adulto como para tolerar unos testículos dorados o un gran falo peludo de wookie. Si a eso le añadimos que ninguno de los protagonistas (ni siquiera el villano Darth Maul) fuma o es adicto a la heroína nos damos cuenta de que Lucas es un mojigato preocupado por el qué dirán.

4. ¿Por qué después del Episodio I se desecha sin más la trama sobre el bloqueo económico y las votaciones en el Senado? El virrey Nute Gunray y la Federación de Comercio abrían un abanico inmenso de posibilidades para la aventura con toques keynesianos. Los apasionantes debates en el Senado Galáctico hubieran sido mucho más interesantes que cualquier carrera de vainas o duelo en un planeta de lava. ¿Por qué, George?

5. ¿Por qué la princesa Leia no visita hospitales o realiza más actividades de tipo social? Teniendo aún reciente la muerte de Lady Di, los fans hubieran agradecido que la princesa ejerciera de tal y no de florero, como hace en los 8 episodios. Luego la gente se extraña de que el apoyo a la monarquía decline, y es normal, si Lucas retrata a la Casa Real como a una panda de vagos egoístas.

6. ¿Por qué contrataron a un actor brasileño para hacer de Jabba el Hutt? Su acento es pésimo y, su pronunciación del castellano, tan deficiente que tuvieron que subtitular todas sus escenas. Es tan absurdo como si un brasileño interpretara a Pablo Escobar ¿Es que no hay actores anglosajones rellenitos capaces de bordar el papel de Jabba? Sin pensar demasiado me vienen a la cabeza dos nombres, a modo de ejemplo: Mickey Rooney o Ricky Gervais.

7. ¿Por qué Yoda así hablar? ¿Otro error de cásting? En mi opinión, sí. Es lo que ocurre cuando contratas a un actor especializado en Lope de Vega o en autores del Siglo de Oro y lo dejas sobreactuar. ¿Nadie le advirtió que estaba en una película de ciencia ficción y no en La venganza de Don Mendo?

8. ¿Qué pinta el personaje de Han Solo en la saga? Solamente distrae del conflicto principal, la rivalidad entre el niño Anakin Skywalker y el malvado Sebulba. Aparte de no aportar nada, Harrison Ford está demasiado encasillado en el papel de A propósito de Henry como para que resulte verosímil como pirata espacial.

9. ¿Adónde van los créditos iniciales de cada película? ¿Qué pasa con ellos? ¿Quedan vagando por el espacio? Además de una irresponsabilidad, ya que el Hubble o el Voyager pueden colisionar cualquier día con ellos, es del todo ridículo que nadie a bordo de los destructores espaciales, con toda la tecnología disponible, detecte unos párrafos tan largos y con una tipografía tan grande.

10. ¿Por qué se insinúa en el Episodio V que Darth Vader es el padre de Luke y luego no se vuelve a hablar más sobre el tema? Personalmente creo que es el interrogante más grande de toda la saga. Por no hablar del Humo Negro, claro.

Los secamanos

Nos reunimos cada jueves en el café Mañé, jugamos a las cartas, tomamos café con leche y compartimos cigarrillos. No podemos sacarnos los abrigos, pues en invierno hace un frío que pela y en verano los carteristas acechan cualquier descuido. Por supuesto que en las calurosas tardes de verano no es necesario llevar abrigo, pero es una costumbre que tenemos. Sería imperdonable que unos caballeros como nosotros jugaran a las cartas en mangas de camisa. No deja de ser un ritual, uno de tantos, pues mi abrigo se encuentra en un estado cochambroso y hace dos inviernos perdí la manga derecha al lanzar un naipe con demasiado ímpetu. Los abrigos de los demás no desentonan con el mío; al que no le faltan botones le cuelgan las solapas o tiene descosido el forro. Ninguno hace mención del deplorable aspecto de los abrigos de sus amigos, sería una afrenta. Sin embargo un día nos permitimos el lujo de carcajearnos cuando Noel, al ir a repartir cartas, se acercó demasiado a la vela y medio abrigo se evaporó en una llamarada breve y espléndida. Ahora siempre juega de lado, ocultando la parte esfumada de su abrigo.

Cuando acabamos el café con leche y empezamos con los licores Jeremías cuenta una historia fantástica. Si no lo conociéramos, bien podríamos pensar que se lo está inventando todo.

—El otro día desayunaba en una terraza, en la terraza de Chez José Luis. Yo ojeaba el periódico, pero en la mesa de al lado un grupo de ancianos sordos que alzaban la voz innecesariamente llamó mi atención. Uno de ellos, cuya dentadura luchaba  por huir de su boca, decía: “¡A dónde iremos a parar!”. Y el resto asentía y lanzaba exclamaciones cómplices: “¿A dónde? ¡El acabóse! ¡Esto es un sindiós!”. “Anteayer fui a un bar”, siguió el viejo, “y ya sabéis, la próstata, en fin, ¿qué os voy a decir?”. “¡La próstata! ¡Qué horror! ¡No somos nada!”, jaleaban los demás. El viejo continuó: “Tuve que ir al excusado y al acabar me lavé las manos”. “¡Las manos! ¡Por supuesto! ¡Faltaría más”, decían los otros. “Pues bien, usé el secamanos y, por San José bendito, jamás lo hiciera. ¡Qué potencia! ¡Qué horror! Me abrasé los diez dedos. Por eso llevo las manos vendadas”, y mostró ambas manos, envueltas en gasas. “Ay, ay, ay”, exclamó otro anciano, uno con boina, “. Eso no es nada, Tomás. ¿Qué me vas a contar?” y mostró sus dos brazos, enyesados hasta el codo. “Yo tuve el infortunio de toparme con uno de estos modernos secamanos, que más que secamanos parecen sandwicheras. Introduces las manos bien extendidas y verticales y unos chorros finísimos de aire a 1000 kilómetros por hora te las secan y te las perforan. Pues bien: las falanges de los diez dedos hechas añicos. El médico me dijo que me vaya olvidando de aplaudir en lo que me queda de vida, pues los dedos me quedarán como sarmientos”. “¡Hay que ver! ¡Qué desastre! ¡Qué falta de humanidad!”. El de la boina, a modo de coda, añadió: “El doctor me dijo que cada vez le visitan más pacientes con los brazos amputados, tal es la fuerza de los secamanos. Yo no sé a qué se debe esta manía de instalar turbinas de reactor a chorro en lugar de toallas, que son mucho más seguras”. Hubo unos segundos de grave silencio, como si aquellos viejos fueran testigos impotentes de una escalada bélica por ver quién añadía más potencia a su secamanos. Finalmente habló otro viejo con gafas ahumadas: “¿Os acordáis del bar gallego que demolieron de la noche a la mañana para dejarlo hecho un solar? Pues resulta que no lo demolieron. Se ve que un incauto pulsó el botón cromado del secamanos y aquella bestia anclada a la pared, cual propulsor de un cohete Apolo, arrancó de cuajo el edificio y lo puso en órbita. En órbita es un decir. Al parecer el bar gallego y sus clientes cayeron en Albacete”. Y, por supuesto, hubo más exclamaciones. Yo acabé el desayuno y me marché, dejándolos en un estado de indignación supina.